La noticia que está en boca de todos es la relación de la hija del fallecido exarquero de Barcelona y de la selección ecuatoriana, Carlos Luis Morales, con un jerarca de la delincuencia, alias Marino, quien fue líder del GDO Los Lagartos.
Pero esto no debería sorprender del todo.
Esta familia, la de Morales, ya tuvo una vergonzosa experiencia con la corrupción en la época en que Carlos Luis Morales estuvo al frente de la Prefectura del Guayas, en el año 2020, lo que desembocó en la orden de prisión preventiva contra su entonces esposa, Sandra Arcos, quien estuvo prófuga, al igual que sus hijos, y que provocó que Morales tuviera que ser llevado ante la justicia. Fue su caída política y de salud. Falleció en medio de ese conflicto.
Años atrás, meses antes, dos políticos nacionales, Alfredo Adum y Abdalá Bucaram, le endilgaban públicamente un par de datos oscuros a Morales relacionados con la corrupción: su nexo con el famoso delincuente Patucho Rigoberto.
https://www.youtube.com/watch?v=H_C8uS0SzHg
UN PROBLEMA DE FONDO: LA VIVEZA CRIOLLA 11.0
Es cierto aquello que ha mencionado Osvaldo Hurtado: «El problema del Ecuador somos los ecuatorianos, que no cumplimos con las leyes, que engañamos a los amigos, que no cumplimos la palabra».
Este análisis de la viveza criolla se queda corto si no alcanza a apreciar la escalada inmoral que ha tenido la sociedad en cuanto a sus valores.
En términos generales, la sociedad ecuatoriana es sensible a dejarse deslumbrar por estéticas equivocadas. Gusta de celebrar mediocridades. Desalienta el talento, le da poca importancia a su historia y prefiere mirar hacia otro lado cuando se trata de cultura.
Eso no significa que no exista un segmento de la sociedad al que le importe la historia, la cultura, la estética y los valores. Por supuesto que hay ciudadanos que cultivan o se interesan por estos ámbitos, pero, lastimosamente, su crítica de todo aquello que está mal no alcanza para generar un repudio de efectos más globales.
Las sociedades sanas, cuando detectan patrones que contrastan con la salud civilizada, se escandalizan y llevan a cabo la condena social. Esto es necesario para marginar y repudiar actos nocivos para una sociedad: políticos y funcionarios cometiendo actos corruptos, burocracias ineptas, nepotismo, fortunas malhabidas, injusticias, abusos de poder, clasismo, racismo, etc.
Ante todos estos pulsos, la sociedad ha sido permisiva. No solo ha tolerado, sino que ha encumbrado estas malas actitudes hasta elevarlas a formas de valor estético: en lugar de condenar al lavador de activos, se lo admira; en lugar de repudiar al político corrupto, se lo reelige; en lugar de denunciar al funcionario público por una mala práctica, se negocia una coima con él; en lugar de atrapar al delincuente, se lo ayuda a escapar, y así un sinnúmero de otras malas prácticas.
Por esa misma causa, al no haber condenado ni repudiado públicamente, el delincuente prácticamente perdió la vergüenza. Son cada vez más cotidianos los casos de antisociales que salen riéndose ante las cámaras, con la certeza de que volverán a cometer los mismos actos. La condena social nunca fue sólida: nunca se marginó con la ley del hielo a estos ciudadanos, ni con repudio ni con clausura social. Sus malas prácticas fueron interpretadas con admiración y, secretamente, con celo, pues muchos piensan que, de estar en la misma situación, harían lo mismo. Esa es la razón de la escalada de delincuencia que tiene este país. Ya no se trata de un pequeño segmento, ni mucho menos de fenómenos exclusivos de las clases populares. No. La corrupción contaminó a todas las clases sociales y culturales.
La trampa, por ejemplo, se aplicó incluso en concursos literarios: el jurado eligiendo la novela del amigo que en el pasado fue editor.
¡Y no pasa nada!
Todas estas omisiones, estas no condenas sociales y estos no repudios, prácticamente empoderaron al corrupto, quien ya no tiene vergüenza y se regocija con estándares de éxito ligados al deseo irrefrenable de exhibir prosperidad y bienestar económico.
El hecho es que se confundieron los conceptos de abundancia y bienestar. Se interpretó que la abundancia es la acumulación de objetos y espacios de lujo, cuando no lo es. Abundancia es bienestar. Y bienestar es vivir bien y en felicidad.
Se confundió la idea de que el dinero es el bienestar en sí mismo. De ahí que se practique y se eleve el culto al robo, porque quienes roban razonan que, al sustraer los bienes del otro, alcanzarán rápidamente la abundancia. Algo que no es así: las personas que practican todas las formas de delincuencia jamás viven en paz. Viven en permanente inseguridad y preocupación.
El dinero es solo un medio para la abundancia en el camino hacia el bienestar.
El dinero, al final, es papel. Pero su valor y las formas de conseguirlo responden a procesos más profundos de educación y ética. Y eso es lo que más falta en nuestra sociedad.
Hay una pésima educación y graves distorsiones en la forma de corregir las injusticias.
Pero ¿cómo hacerlo si la misma justicia está controlada por corruptos?
Y así estamos.
Una buena solución es la condena social. No admiremos a esta gente. No la idolatremos. No les demos prensa. Y si alguien les da prensa es porque también está relacionado con esas prácticas. Porque en el fondo este texto no es para condenar a unas personas que abrazaron la delincuencia como una nueva estética (ver la foto en donde la hija de Morales se toma una foto con el hermano de Pablo Escobar). Este texto pretende acusar a la sociedad que la celebra.
Empiece por dejar de seguir a esta gente en redes.
Hay que ejercer más condena social para que esta gente vuelva a sentir vergüenza.

0 Comentarios