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LA TRISTE HISTORIA DE ANNA MARUŠČÁKOVÁ Y EL PUEBLO DE LIDICE

 Por Luis Alberto Bravo

Así como el ejemplo de que el aleteo de una mariposa puede provocar un tornado en Texas, dentro del marco teórico de lo que se ha dado en denominar la teoría del caos, la siguiente historia demuestra cómo abrir la carta de otra persona puede provocar una masacre y destruir un pueblo.

En los días del Protectorado de Bohemia y Moravia, durante la Segunda Guerra Mundial, ocurrió un día fatídico para el nazismo: el ataque a Reinhard Heydrich, ocurrido el 27 de mayo de 1942 y que, a consecuencia de las heridas sufridas, falleció una semana después, el 4 de junio.

En esos extenuantes días posteriores al ataque, la inteligencia nazi llevaba a cabo una intensa búsqueda de los culpables: los dos hombres que habían interceptado el descapotable en que viajaba Heydrich.

El sentimiento de la población era de temor por las constantes amenazas de que, si encubrían a los asesinos, pagarían con su muerte.

TODO EMPEZÓ CON UNA MENTIRA

Anna Maruščáková era una joven obrera que vivía en una granja de la aldea de Holousy. Trabajaba como cerrajera en la empresa Palaba, propiedad de Jaroslav Pála.

Conoció a un joven que se presentó con el nombre de Milan; este había trabajado como fundidor en la Compañía de Hierro de Praga y en ese momento laboraba en la Fábrica de Hierro de Kladno.

Anna se enamoró perdidamente de Milan, por su espíritu festivo y alegre, y por sus dotes para la música. La llamaba Anička. Pero el fanfarrón, cuyo verdadero nombre era Václav Říha, estaba casado y tenía una hija. Le mintió a la joven, no solo sobre su identidad y su estado civil, sino haciéndole creer que era miembro de la resistencia.

Cuando supo que Anna vivía en Holousy, le dijo que un amigo suyo, Josef Horák, era oriundo de la cercana Lidice.

Clave: Lo cierto es que en 1939, junto a dos amigos, había considerado unirse al Ejército Extranjero Checoslovaco. Pero finalmente Václav declinó y no se fue.

PASARÉ A VERTE ESTA SEMANA

La correspondencia entre ambos era ardua. Václav —escondido bajo el nombre falso de Milan— le enviaba cartas a Anna a la dirección de la fábrica. Ella recibía los mensajes y los leía con atención en su casa.

Pero en algún momento a Václav se le empezó a complicar mantener la doble vida. A finales del mes de mayo, tres días después del atentado, le escribió una carta a su amante para decirle que la dejaba. Ya había tomado la decisión, pero le prometía volver a verla una vez más.

No obstante, en esos días Anna no acudía a laborar porque se había lesionado un dedo en el taller, y el médico le había dado de baja.

La carta llegó a su destino, pero Anna no estaba allí para recibirla. Ante esta tardanza, el 3 de junio de 1942, un empleado de la oficina la llevó al escritorio del director Jaroslav Pála, quien, al recibirla, la abrió y la leyó. Le pareció extraño el mensaje: obviamente era una carta que no estaba destinada a él. Además, reconocía a la empleada, pero lo escandalizó el contenido del mensaje:

“Querida Anička,

Perdona que te escriba con tanto retraso, pero espero que me entiendas, pues sabes que tengo mucho trabajo y preocupaciones. Lo que quería hacer, ya lo he hecho. Ese fatídico día dormí en algún lugar de Čabárna. Estoy bien. Pasaré a verte esta semana, y luego no nos volveremos a ver nunca más.

Milan”

NO NOS VOLVEREMOS A VER NUNCA MÁS

Es una carta de amor. Pero su contenido va a romperle el corazón a Anna.

Eso no le preocupa al dueño de la fábrica. No es que sea un simpatizante nazi, sino un individuo que no quiere problemas en su empresa, ni verse inmiscuido en el asunto letal de Heydrich. En el mensaje hay una frase críptica: “Lo que quería hacer, ya lo he hecho”, y un dato que lo vuelve más inquietante: “Ese fatídico día dormí en algún lugar de Čabárna”.

Jaroslav Pála llega a convencerse de que quien ha escrito esa carta está implicado en el ataque al líder nazi. Por lo tanto, la lleva a una comisaría. En un primer momento le dicen que no es nada y que simplemente se trata de “una carta de amor”, una cosa entre amantes.

Pero Pála, en lugar de aceptar esto y volver a su fábrica, o esperar que Anna regrese de su licencia para interrogarla y despedirla, insiste como ciudadano de un país invadido por los nazis y lleva la carta a la Gestapo. Esta vez la analizan con lupa y van a buscar a la joven, a quien detienen en su granja. Además, encuentran en su casa más cartas del tal Milan.

Clave: Para su desconcierto, Anna descubre que Milan no es Milan, sino Václav Říha y es un hombre casado.

En una de las cartas, los oficiales de la Gestapo descubren un pedido simple: que Anna comunique a la familia Horák, en Lidice, que su amigo se encuentra bien.

Torturan a Anna y logran extraerle datos. Josef Horák es un militar rebelde que se había unido a la resistencia en rechazo al Protectorado. Pero además, de Lidice también era oriundo Josef Stříbrný, otro desertor. Ambos se habían unido al ejército extranjero de Checoslovaquia y se encontraban al servicio de los británicos.

Con estos datos, la Gestapo se compró la siguiente hipótesis: que Horák y Stříbrný eran los dos hombres que atacaron a Heydrich. Por ello irían a buscarlos a Lidice.

Si Holousy era una aldea, Lidice era un pequeño pueblo, tranquilo y pintoresco. La mayoría de sus habitantes eran obreros y trabajadores del campo. Pero el espíritu de los pobladores era antinazi. Muchos miembros de la resistencia habían salido de allí.

Clave: Imaginemos ahora que Godzilla se dirige a destruir a Bambi.

La carta de amor ya no es de amor: es una carta fatal. Por culpa de un hombre que quería terminar una relación extramarital, todos los habitantes de un pueblo estaban sentenciados a muerte, con implicación casi nula, acusados de haber ayudado a resguardar a un par de paracaidistas checos llegados de Londres.

Además hay una consigna dada por Hitler: ha ordenado desaparecer, literalmente, Lidice. ¿Para qué? Para enviar un mensaje al resto de los checoslovacos: si volvían a hacer algo semejante, los borrarían de la tierra y de la historia. Incluso ordenó que se arrojara sal sobre los terrenos para que nunca más creciera nada allí, y que el nombre “Lidice” desapareciera de la memoria de los ciudadanos.

Sobre los detalles de lo sucedido, les ahorro el horror. Podría considerarse que Lidice fue el Hiroshima de los nazis.

En la novela del escritor francés Laurent Binet, HHhH (2011), hay un capítulo dedicado a narrar estos hechos.*

Pero se les pasó la mano. Se les pasó la mano porque varios nazis documentaron en video las ejecuciones. Esas imágenes pasaron a formar parte de la memoria del horror del nazismo.

El repudio a lo ocurrido fue mundial. Nadie quería ser parte de eso. Nadie quería ser asociado con Hitler.

Y el repudio fue aún mayor al descubrirse que todo se había basado en una pista falsa: no solo no encontraron a los supuestos responsables, sino que ellos no habían sido los autores del atentado.

En honor a aquel pequeño pueblo, cuyos habitantes sucumbieron ante el nazismo, en muchas partes del mundo el nombre Lidice comenzó a usarse para fundar pueblos, parques e incluso empresas, como una forma de contradecir el intento de Hitler de borrarlo de la historia.

A DÓNDE LLEVA UNA MENTIRA

Hasta hoy no está del todo clara la historia entre los amantes. Se concluye que lo único cierto es que Václav Říha quería terminar la relación porque era un hombre casado y no quería problemas con su esposa.

Pero, además, de acuerdo con los datos oscuros del mensaje, la mentira no lo abandonaba: continuaba vestido con el disfraz de miembro de la resistencia y quizá dejaba entrever a Anna —para seguir impresionándola— que había estado involucrado en el plan para asesinar a Heydrich.

Para ese momento, Gabčík y Kubiš, junto con los otros cinco resistentes, se encontraban escondidos en la iglesia. La noticia de la masacre de Lidice los hizo pensar en entregarse. Ambos creyeron que, por culpa de ellos, aquellas personas habían sido asesinadas.

EPÍLOGO

Anna Maruščáková y Václav Říha fueron detenidos, interrogados, encarcelados, enviados a campos de concentración y finalmente asesinados. Murieron el mismo día.

En la actualidad, los respectivos pasaportes con sus fotografías forman parte de la historia oficial de los sucesos vividos por Checoslovaquia durante la Segunda Guerra Mundial.

Mientras realizaba la investigación para su novela, Laurent Binet accedió a ver estos documentos y narra así su experiencia al contemplar las imágenes:

“Contemplo durante mucho tiempo la foto de Anna. La pobre chica posa como para un retrato de Harcourt, aunque se trata de una foto de identidad para su cartilla de trabajo. Cuanto más escruto ese retrato, más bella la encuentro. Se parece un poco a Natacha (mi novia), frente alta, boca bien perfilada, con el mismo aire de dulzura y amor en los ojos, muy ligeramente ensombrecido, tal vez, por la premonición de una felicidad frustrada”.






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